Enredarse

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Quiero querer enredarme. Quiero que quieras enredarte conmigo. Descubrirnos, gustarnos, sabernos, saborearnos.

Y cuando lo pienso, se me antoja difícil. Ya sé de sobra que es complejo, cansado y vitalmente agotador. No sé donde estás, ni el aspecto que tendrás, cuánto tardarás en llegar; si serás el primero de una ristra de nuevos fracasos amorosos o quizá seas el valiente que  llegue para quedarse una temporada.

El prueba y error. Pasar horas a vueltas con lo mismo de siempre: hacer repaso del currículum vital, preguntas manidas sobre mis otras vidas y tus planes de futuro. Volver a conversar sobre los mismos lugares comunes que huelen a rancio. Adaptar tus traumas a mis fantasmas pasados e intentar que esa mezcla no haga más amargo el vino que tomamos aquí y ahora.

Y por otro lado, tengo mono de las mariposas en el estómago. Hay un hormigueo por todo el cuerpo con ganas de comenzar batallas dialécticas llenas de dobles sentidos. Palabras, palabras, palabras… que no falten, a todas horas y en todo momento. Quiero conocer tu bar favorito, que me relates extasiado pasajes de tus libros de cabecera, que recompongas sólo para mí la historia de tus mejores viajes, que me hables de música y justo después te conviertas de repente en crítico de arte. Me apetecen esas miradas pícaras desde el otro lado de la mesa, que delatan oscuras (y siempre divertidas) intenciones casi sin quererlo.

Deseo aprender tus puntos débiles y ser dueña de los movimientos que te hacen perder el sentido común. Dibujar el mapa de las coordenadas de tu cuerpo. Hacer un estudio tan profundo de tu anatomía que sea capaz de recordar todos los lunares de tu espalda (sin excepción) con los ojos cerrados. Perderme en cada uno de tus rincones. Estudiar tus gemidos y saber qué sitios son los buenos y cuáles los mejores.

Echo de menos la sonrisa tonta un lunes por la mañana recordando un fin de semana que ha desaparecido mientras nos enredábamos bajo las sábanas. Parece que ya es momento de planes improvisados a cualquier hora y en cualquier lugar, porque en el fondo no serían más que una mera excusa para vernos de nuevo.

De forma casi imperceptible, pero latente, tengo antojo de nuevos primeros besos. Y de todo lo que les sigue.

 

 

 

 

Regreso a ninguna parte

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Me siento extraña en mi propia piel. Casi cómo si me hubiese ido con la excusa de comprar tabaco… y mi cuerpo se hubiese quedado vacío y extraño, esperando ese relleno confuso que le suele habitar y que sigue en paradero desconocido. Me perdí hace tiempo y ya no sé cómo encontrarme. Si alguien me ve deambulando sin rumbo por las calles, que me diga que me estoy buscando y por favor, que me indique el camino de vuelta a mí.

She is Elegance itself

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La elegancia personificada. El porte y el estilo hechos mujer, que impregnaba ese ser de distinción con cada movimiento. Hasta los actos más cotidianos eran fascinantes: esa gracia con la que se sacaba los guantes; deslizando los dedos uno a uno, suave y sin prisas. Cómo los ordenaba en un impulso compulsivo y los apoyaba de forma distraída encima del mostrador.

Esa forma de colocar el cigarrillo entre sus labios. Lo sostenía sin morder, sin apretar. El tabaco quedaba suspendido ahí como entre algodones rojos y brillantes, mientras ella buscaba distraída el mechero en su cartera tipo clutch. Una vez lo encontrada, encendía el cigarro con el mínimo esfuerzo, acercaba la llama a sus labios y le prendía fuego. Aspiraba profundamente la primera bocanada de humo como ausente, cerrando los ojos para, justo después, levantar la cabeza, exponer el cuello (largo, elegante) y soltar poco a poco todo el humo.

Siempre el maquillaje justo (los labios perfectamente pintados de un rojo sutil), la media melena arreglada a cada instante, y la ropa adecuada siempre. Camina usando unos tacones de vértigo. Un pie delante del otro cruzándolos cómo si esa fuese la forma más simple y ordinaria de caminar, pero dejando una estela de elegancia y sensualidad que quizá le parecen ajenas, aunque ella sea su personificación misma.

No es más que una rubia de revista más. Y sin embargo, tiene ese atractivo de las personas que han sufrido demasiado. Una mirada dura, fría, que sabe lo que quiere aunque este completamente perdida. La entereza de ese saber estar, de cuándo es el momento de aguantar estoico, de cuando es oportuno decir basta.

Ella es, en cierta forma, una idea platónica de lo que me gustaría llegar a ser, aunque me sé tan opuesta a ese tipo de mujer que ni siquiera lo considero una opción real. Y aspiro a que alguien, en algún momento me mire de esa manera. Cómo la miraba su amante, cómo la mirábamos todos. Aunque quizá sea una imagen obsoleta, un modelo absurdo, una mujer que realmente no existe o que tal vez, sea demasiado inalcanzable.

 

 

 

Retazos de una ruptura

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Después de tanto tiempo, se me hace extraño enfrentarme al folio en blanco. Podría poner el grito en el cielo por desaparecer tanto tiempo, por desatender algo que para mí es tan importante, por no hacer el ejercicio y el esfuerzo de querer sacar lo que hay dentro. Podría culpabilizarme por todo, como he estado haciendo sin darme cuenta últimamente.

Pero esta vez, no. No haré eso. No quiero más rechazos ni más reproches. Es de esos momentos en que sabes (sientes) que te tienes que enfrentar a ti mismo. Y para mí, la mejor manera de hacerlo es ponerlo por escrito. Negro sobre blanco.

Precisamente ese ejercicio de ordenar, clasificar y poner nombre a lo que siento es lo que más me aterra ahora mismo. Miedo. Terror. Pánico. Temor a recordarte, a repasar los buenos momentos, los malos, a las promesas que hiciste sabiendo que no cumplirías. Martirizarme intentando descubrir qué mente retorcida se escondía detrás de la persona que (creía) eras. Es mucho más fácil obviarlo todo, olvidar y hacer como que no ha pasado. En ese proceso de borrado mental es en el que estoy inmersa ahora mismo. Ya llegará el análisis y la evaluación cuando sea momento para ello.

Y me repito como un mantra que es sólo una parte de mi vida la que ha cambiado. Que (creo) ser más que la mitad de una historia y que es momento de encontrarme, aunque ni siquiera me había dado cuenta de que me había estado diluyendo por el camino. De lo único que estoy segura es de que este fracaso no es cosa mía, y que quise como nunca he querido a nadie antes.

Tras la tempestad inicial, parece que poco a poco estoy consiguiendo recuperar el ritmo. Aunque sé que nunca seré la misma persona después de todo lo que ha pasado, parece que muy lentamente recuerdo como era todo antes. Con sus cosas buenas y sus cosas malas porque todo (todo) es una combinación de ambas. A veces parezco olvidarlo y luego vienen las decepciones y los desengaños.

Es posible que esté una temporada soltando ideas sin sentido, sin hilo conductor, sin nada que las una. Al fin y al cabo, eso es mi vida ahora mismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Borrón y cuenta nueva (IV)

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Adiós 2015. No tengo ni ganas de despedirme. Retomo esa idea tonta que formulé alguna vez por estos lugares: no soy una persona de números impares y este año me ha servido para reafirmar mi teoría. 

El año que (por fin) termina ha sido el año de los contrates, de picos muy altos con momentos que clasificaré como highlights de mi vida, y con momentos duros y muy complicados, de los que se graban a fuego y de los que son difíciles salir entero. El año en que pensé por unos momentos que me comía el mundo y que tenía la vida más maravillosa posible . El año de los golpes, de ver cómo se pierde todo en segundos, de no poder hacer nada por evitarlo  y de (intentar) comprender que no importa cuánto lo intentemos, hay cosas que no salen porque no dependen sólo de nosotros mismos. 

Empezó mal, por no decir fatal, cuando a los pocos días regresar de las vacaciones en familia empecé con una gastritis brutal. Los problemas de salud han sido una constante durante este año. 

Fueron semanas sin entender muy bien lo que pasaba, sintiéndome muy débil y sobre todo, muy sola en un país donde no hablan tu idioma y que no sabes muy bien cómo son los médicos. 

Esto del estómago malo ha cambiado mis rutinas y mi forma de acercarme a la comida. Ahora tengo que planificarlo todo y pensar de antemano dónde, cómo y qué voy a comer. He tenido que dejar el alcohol y aunque puede ser positivo, es agotador tener que estar dando explicaciones continuamente sobre el tema. No beber alcohol es sinónimo de ser paria social (esto lo dejaré para otro post).

El 2015 no ha sido un año espléndido en cuanto a economía se refiere y eso siempre se refleja en el tema de las vacaciones. De todas formas, no puedo quejarme, han sido pocas, pero muy intensas y muy divertidas. Todo un descubrimiento Córdoba. Hay ciudades mágicas y esta es una de ellas. Varias veces Bilbao y una de ellas con BBK incluido. 

Búsqueda de trabajo: aunque he de decir que tampoco estuve demasiado tiempo con ello, se me hizo eterno y fue bastante agotador. La alegría que me dio saber que me habían aceptado y que podía volver a España fue indescriptible. Uno de los mayores subidones que he sentido nunca. 

Lo más destacable y lo mejor de todo ha sido sin duda la vuelta a España y la mudanza (vuelta) a Madrid. Puedo decir sin duda que fueron unas de las semanas en que he sido más feliz en mi vida. Todo ilusión, alegría y energía. Lo que deseaba desde hacía mucho tiempo estaba pasando y estaba pasando ya. No sólo volvería a reencontrarme con mi familia, si no que iba a empezar mi vida en común con la persona más importante después de estar mucho tiempo separados y haciendo planes sobre este momento. Londres ha sido muy importante para mí por muchas cosas (principalmente, autodescubrimiento), pero es una ciudad muy dura que no me ha tratado especialmente bien y al menos por ahora, sigo sin echarla de menos. Volveré de visita (eso siempre, tiene tanto!) pero por el momento, volver a Madrid ha sido una decisión acertadísima. 

La vuelta ha España ha venido acompañada de nuevo trabajo. Algo distinto a lo que estaba acostumbrada a hacer, pero con mucha ilusión y ganas porque parece una buena oportunidad. Aunque de momento sigue siendo media jornada, no hay malas expectativas. El ambiente es inmejorable y todos son increíbles en la oficina. Ahora sólo falta dar el salto de compañeros de trabajo a gente para quedar, pero bueno… supongo que estas cosas llevan algo de tiempo y no siempre es fácil. 

Fin de las cosas bonitas: en apenas dos meses (en los que aún estaba aterrizando y asimilando eso de cambiar de país) Él decidió de forma unilateral que ya no quería seguir conmigo. Casi de la noche a la mañana, la mejor pareja del mundo se convirtieron en dos desconocidos. Después de los esfuerzos, los viajes, el tiempo dedicado y toda la planificación. Aún no tengo muy claro porqué en el momento de pisar Madrid se convirtió en otra persona, y se acabaron las risas, sus bromas y sus gestos cariñosos. Supongo que es algo que no entenderé nunca. Aún sigo en estado de shock. Ver que la persona a la que más quieres te aparta de tu lado es muy doloroso. Me asusta todo lo que está por delante: el tener que acostumbrarme a su ausencia, el dolor, el saber que no estará ahí, los planes rotos, la curación, empezar de nuevo y hacer cómo que encuentro a otra persona cuándo sé que él era Él. No sé cuánto me tomará recuperarme… tengo la certeza de que va a ser largo y muy lento.

Al hacer balance, y teniendo en cuenta que lo peor es lo que ha ocurrido más recientemente, es normal que pesen más los malos momentos que los buenos en esta ocasión. Estoy haciendo grandes esfuerzos por esforzarme en ver lo bueno y no dejarme arrastrar por la tormenta, aunque a ratos resulte una tarea titánica.

A pesar de todo lo anterior hay rayitos de luz por todo el camino: los reencuentros con las personas de mi vida, confirmar y reforzar las grandes amistades, una nueva gran amiga. Descubrir que hay una red de seguridad casi invisible (hilada muy fino) que está ahí cuando tropiezo y se me viene encima el mundo. Gracias a todas esas personas que han estado y están a mi lado en estos tiempos.  Retomar hábitos guardados en el cajón del olvido (hola blog!) y recordar lo que significa pensar sólo en mí y en lo que quiero, cuando lo quiero. Madrid… siempre Madrid. Con sus calles, sus gentes, sus lugares y sus cielos increíbles. Sentir que vuelvo al hogar aunque éste sea de adopción.

Más que nunca, para este 2016 deseo lo mejor. Cosas buenas, bonitas y risas, risas a mogollón.

Feliz año nuevo.

100 días

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El tiempo tiene esa habilidad de parecer tan largo y tan corto a la vez. Escaso, efímero, fugaz… y a veces, tan extenso, asfixiante, interminable y tan agónico.

Tanto ha pasado en tan poco tiempo. Y sin embargo, no hay grandes historias, excitantes relatos o curiosas anécdotas que demuestren el inicio de una nueva etapa.

Tras el largo otoño que supuso 2013, el invierno llegó con fuerza en 2014.

Del último año, lo que más recuerdo es el frío. Sobre todo, el frío. En sus múltiples formas: frías noches, comidas frías, la ausencia fría de besos, caminar helada bajo la lluvia, colores fríos (el negro, el gris plomizo perpetuo). Lágrimas frías.

Deambulaba, literalmente perdida, por calles que no conocía. Intentaba, en vano, buscar con mis pasos alguna solución a este gigantesco laberinto que es la vida.

Me sentaba durante horas en cafeterías a mirar por las ventanas, a imaginar vidas desconocidas, a contemplar a cientos de personas. Café tras café, llene páginas y páginas del todo y de la nada que acontecía, intentando buscar alguna pista. Ordenar alguna idea.

Ya sumida en las entrañas de la oscuridad, absorta en mirar más al suelo que al cielo para que no se me congelaran las lágrimas, concentrada en aguantar el envite de vientos huracanados insistían en hacerme tropezar; así sin aviso, llegó el verano. Y con él, el Sol.

Un Sol enorme, inmenso y brillante. Con él, volvieron los cielos claros.

Lentamente, volvieron las ganas de pelear, de buscar otras maneras y otras opciones para moverme y seguir adelante. Con tiempo, cariño y paciencia, me enseñaron a entender que distinto no significa peor. Que no hay derrotas. Entendí que a veces, nosotros mismos somos juez y parte (I can be my own worst enemy). Aprendí a perdonarme y a que no hay planes divinos inamovibles.

Siento que la que escribe no es la misma. Que todo ha cambiado, pero de forma extraña, todo sigue igual. Me reconozco de nuevo, aunque me se muy distinta.

Es, más que nada, una sensación de seguridad, de tranquilidad. De que ahora sí, hay un camino trazado.  Aunque sigue sin haber una meta clara (plan A y plan B -quizá alguno más- empiezan a cobrar forma), ahora me invade esa certeza tonta y mágica de que todo va a salir bien.

Verte con sólo una mirada

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Mirarte a los ojos (esos ojos pequeños, alegres, saltarines, juguetones) y saber que es así de sencillo. Que las grandes historias no están llenas de dramas, de momentos oscuros ni de corazones rotos.

Mirarte a los ojos (marrones, oscuros como el buen café) y saber que todo puede ser así de maravilloso todo el tiempo. La alegría tonta de tenerte al alcance de mi mano, de poder rozarte con la punta de los dedos y que me sonrías, conocedor del gesto y de todo lo que significa.

Mirarte, y que sonrías, con esa sonrisa que alumbra la oscuridad, tan única, tan para mí. Mirarte y que rías, con esas carcajadas que son capaces de ahuyentar los miedos, las dudas, de expulsar los fantasmas del pasado.

Mirarte, y al verte algo en mi mente sabe que no hay nada entre bambalinas. Que no hay cadáveres en el armario que no puedan ser compartidos. Que eres puramente tú, sin aderezos, sin trucos, sin ilusionismos.

Mirarte. Que me recorra un escalofrío. Que el placer sea inmediato. Mirarte y querer saborear tu piel con mis besos, a mordiscos. Sin dejar un recoveco, sin que quede un solo hueco inexplorado.

Mirarte y, al verte, algo en mi mente sabe que no tengo que guardar nada entre bastidores. Que me vas a mirar de vuelta y que vas a estar conmigo cuando toque desempolvar las historias y sacar los cadáveres del armario. Mirarte y sentir que puedo ser puramente yo, sin aderezos, sin trucos, sin ilusionismos. Sin miedo a lo que puedas pensar.

Mirarte. Notar que el caos se desvanece, que a tu lado la locura de la vida cobre sentido. Mirarte, y saber que eres tú. Que por fin, eres tú.

“Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.” Cortázar, Julio. Rayuela (1963)

Dolor (definición I)

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Y a pesar de que tu presencia fue efímera, casi imperceptible para las paredes de mi cuarto, tu perfume quedó impregnado en mi colchón. De nada sirvió cambiar las sábanas, abrir las ventanas, airear la habitación.

Mi cama te reclama cada noche exhumando tu esencia, como estrategia para que tu presencia no caiga en el olvido (por mucho que me fuerce; por mucho que lo intente). Tu olor estaba presente en lo más profundo de la almohada para hacerme imposible soñar en otra cosa que no fueses tú.

Es curioso echar de menos lo que nunca existió. Se hace raro sentir nostalgia por lo que podía haber sido y nunca fue.

 

“Beneath the stains of time
The feelings disappear
You are someone else
I am still right here”