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Siempre fue reconfortante estar casi a escondidas entre las sábanas. Luchar por un hueco en esa cama, a su lado. Aunque no siempre había que pelearlo. Unas veces, un puesto en la cama de papá y mamá eran unas décimas de fiebre o cualquier dolencia más allá de un catarro. Otras oportunidades, se construyeron a base de insistencia y negociación (que más pronto que tarde) se convirtieron en costumbre y hábito durante las siestas de los fines de semana.

La certeza de que había alguien que lo iba a arreglar todo. No importaba cuánto miedo, cuánto dolor o cuánta fiebre estuviese sufriendo. Iban a estar ahi, siempre.

Notar esa presencia cálida junto a mi espalda que era capaz de ahuyentar todos los males y todas las dolencias. Las lágrimas dejaban de brotar como por arte de magia, los fantasmas decidían visitar otras casas y la fiebre ardía algo menos.

Escuchar esa otra respiración mucho más profunda, más pesada y lenta que la mía surtía un efecto narcótico; y Morfeo aparecía para llevarme de la mano por el mundo de los sueños sólo unos segundos después.

¿Cuándo sucede? ¿En qué momento desaparece esa sensación de seguridad?

En algún momento, sin fecha ni hora registrada, la paz y la serenidad ya no fueron tan fáciles de encontrar. Dejé de creer  que alguien pudiese combatir todos los males del mundo. Empecé a entender que nadie puede arreglarlo todo y que muchas veces, quien comparte cama contigo puede ser la persona que menos se preocupa por tu bien.

Hacerse mayor es muchas cosas, pero la peor de todas es la certeza de la incertidumbre.

El comprender que mil y una cuestiones dependen del azar y las casualidades, y que por mucho que nos empeñemos nadie nos puede salvar del dolor y el sufrimiento inherentes al propio acto de vivir.

Cómo echo de menos esa tranquilidad. La sencillez de las cosas, la simpleza de ese instante en el que uno de los dos me arropaba con la sábana hasta las orejas, dejando sólo la nariz por fuera para poder respirar. Me acariciaban el pelo, me daban las buenas noches y un beso en la frente como un rito mágico diario que me aseguraba que nada malo iba a volver a pasar.

 

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