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Y a pesar de todo, hay días (incluso semanas) en que consigo llevar la situación con dignidad. Espacios de tiempo donde me creo la falsa ilusión de que me he curado, de que la vida vuelve a su curso y está todo bajo control. Todo hay que decirlo, por esas personas indispensable que están siempre ahí; que me cuidan y hacen todo lo posible porque el día a día sea algo más que meras páginas en el calendario.

Hay risas, hay sonrisas, fotos, bailes, planes, paz mental. Buenos momentos, nuevos recuerdos.

Y de repente, click. Un algo. Tonterías. Cosas pequeñas, absurdas e incluso insignificantes y que hacen saltar las alarmas. Una frase, una foto inesperada, un fragmento en una serie, paisajes, bromas, olores, planes y cientos de cosas más. Sólo un segundo de conexiones neuronales entre el pasado y el presente. Hecho.  Me invade un descontrol absoluto y las lágrimas empiezan a salir a borbotones, sin remedio que las haga frenar.

Hay días en los que el mundo parece demasiado pesado, demasiado grande, demasiado todo para gestionarlo. ¿Va a ser siempre así? ¿Y si no hay más que capear los temporales cómo se pueda?

Vivo con miedo de mis propios recuerdos. Momentos que hace un tiempo me hicieron tan feliz y ahora sólo me causan dolor. Profundo, desgarrador. Tan fuerte que llega a ser físico. Me asusta lo que siento y vivo en constante paranoia pensando en cuándo llegará la siguiente sacudida.

A veces no es sólo el llorar, que me puede pillar desprevenida en las situaciones más inverosímiles. A veces es la apatía, la desgana, el hartazgo, la sensación de que nunca más volveré a ser tan feliz cómo fui aquellos meses. Una felicidad que alguien usó a su antojo y luego machacó de la manera más cruel y maquiavélica.

Ya no sé si le odio, si le quiero, si le echo de menos, si en algún momento algo fue real o fue todo inventado, si quiero verle o si quiero que arda en los infiernos. Me sigue pareciendo injusto que alguien me haya robado la vida que quería y que deseaba así, sin más. Sin motivo, sin razón y sin argumento. Me cabrea pensar que alguien se sienta con el derecho de ser un fantasma en mi vida y perseguirme eternamente.

Es más que probable que todo esto sea problema mío por no saber lidiar con la frustración, y asumir que no todo va cómo se planea. Me cuesta entender que cuando uno hace las cosas bien y se entregue a un proyecto de forma completa y absoluta, todo termine siendo un fracaso estrepitoso.

Ahora mismo siento que voy sin rumbo dando palos de ciego por el mundo, buscando no sé muy bien qué ni a quién. Con la certeza de que nunca volveré a sentir con tanta intensidad porque me arrancaron de cuajo esa posibilidad.

Dicen que cuando te extirpan un extremidad, puedes seguir sintiéndola tiempo después de haberla perdido. Quizá, esto sea lo mismo y yo sólo soy una lisiada emocional.

 

 

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