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El frío. La oscuridad temprana. Los vientos otoñales traen una pena recóndita, que fue sepultada bajo el Sol tiempo atrás. 

Quizá sea que el verde se está tornando rojo, amarillo y anaranjado. Quizá sea que los tan llamados colores cálidos no son tal cosa, sólo sombras que predicen la ausencia de las hojas en los árboles en apenas unas semanas. Unos cambios que auguran ciudades inhóspitas, malhumoradas, solitarias y grises.

A lo mejor son esas canciones que no termino de entender, pero que me remueven algo por dentro cuando las reproduzco una y otra vez. La progresión de notas y sonidos (que en un primer momento no tienen sentido) crean una presión extraña justo en el hueco entre mi corazón y mi estómago, que se siente pesado; aplastado con esos acordes al piano. Que suenan incluso más intensos cuando descubro sus significados ocultos.

Suspiros al leer esos fragmentos que describen realidades que cada vez me suenan más a ciencia ficción. Suspiros. Desazón. Placer masoquista al imaginar y recrear lo que ahora misma es pura fantasía.

El otoño sólo deja pensar en vivir una vida que ya me parece antigua, predecible. Déjà vu perpetuo. Flashbacks en bucle. Donde no queda sitio para los imprevistos, las noches en vela inesperadas, los enredos de piernas bajo la manta.

Esto ya no tiene remedio.

A estas alturas del año ya poco queda por hacer. Sólo queda convivir con esa tristeza permanente. Plantear una tregua con la melancolía que se ha metido en los bolsillos del abrigo, se ha enredado en la bufanda, y que se niega a abandonarme hasta la llegada de la primavera.

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