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Y ando a ciegas buscando culpables, pero ya no me quedan fuerzas ni para buscar enemigos. A veces resulta ridículo presentar batalla a los demonios que rondan por mi cabeza.

Y me dejo tentar por pelis debajo de una manta, bostezos infinitos, horas de sueño y cantidades ingentes de carbohidratos. Mientras, la lista de tareas crece despiada y me mira amenanzante desde el escritorio.

Cierro los ojos y hago como que me olvido de todo, en un intento absurdo por suavizar las asperezas de la vida.

Y entonces es cuando me convierto en la chica chocolate.

Malditas hormonas.

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