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En dos dias he encontrado seis nuevas películas “favoritas”. Me las ha recomendado mi alma gemela. A la que por cierto, no conozco de nada. No le he visto nunca. No se su edad, a qué se dedica, de qué color tiene el pelo; si es él, ella o eso.

Mi media naranja cinéfila no es un milagro. Una página web usa un logarítmo matemático para interpretar mis votaciones de las pelis que he visto. Un botón, dos segundos et voila!: una lista de “mis almas gemelas”. Las personas que aman las peliculas que yo amo.

La física, la química, la biología, la meteorología… la Ciencia explica, mide y calcula fenómenos de la naturaleza que deberían ser inesperados y espontáneos.

¿No se ha hablado siempre de “química” entre dos personas? ¿No decimos que el enamoramiento es cuestión de hormonas? Todos esos procesos están cálculados al milímetro, traducidos al lenguaje de los números. Se rigen por unas normas claras, predecibles, que permiten provocar la reacción deseada y necesaria para cada momento.

Si podemos entender cuanto tiempo tarda en caer una manzana, saber con semanas de antelación cuando tendrá lugar una tormenta tropical y hacer volar toneladas de metal… ¿No puede ser que encontrar el amor sea solamente cuestión de usar el logaritmo adecuado?

Suma sus gustos, resta mis fobias, divide por nuestras manías. Eleva al cuadrado nuestro atractivo sumado a nuestro instinto sexual, y quitale al resultado  nuestras edades. Multiplicado todo por nuestros planes de futuro. Añade lo que cada uno espera de esta vida.

Quizá, despejar la incógnita del amor sea tan “fácil” como aplicar la ecuación apropiada.

Siempre tuve problemas para hacer cualquier cálculo, por muy sencillo que fuera. Desgracia la mía de ser la típica chica de letras. Empiezo a pensar que mi mala suerte para el romance es culpa de mi ineptitud para los números.

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