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Todo empezó con un juego absurdo, aunque premeditado. La necesidad de satisfacer un deseo terrenal y puramente físico. Te atraía, me atraías… Una noche que para nosotros empezó de verdad cuando los primeros rayos de luz asomaban por la ventana.

No era la primera vez que me mirabas de esa manera. Yo a ti tampoco.

Quién sabe si fue la noche, la brisa, el frío, la bebida o un poco de todo. Simplemente, era poner fin a esa tensión contenida a lo largo del tiempo. Por supuesto que había cosas que perder. Claro que iba unido a cierto riesgo. Pero era cuestión de algo rápido, clandestino.

Sin embargo, de forma impredecible, en una milésima de segundo todo cambio. Y los dos nos dimos cuenta de lo que estaba pasando.

Y todo tú me agarró como si fuera lo último que querías hacer en esta vida. Y aún así, me pareció poco. A partir de ese momento, iniciamos un delicioso baile que nos llevó al más absoluto de los deleites.

Sin mediar palabra, nuestros cuerpos se sincronizaron. Tus manos recorrían desenfrenadas cada uno de mis rincones. Nuestros cuerpos se enredaron. Una y otra vez, mi lengua circulaba por tus hombros, tu espalda, tus brazos. Tan únicos, tan atractivos. Tus labios y los míos actuaban como imanes, avocados a estar juntos por las irrefrenables fuerzas de la naturaleza.

Porque sin saber nada de mi, conocías perfectamente la hoja de ruta que debías seguir. Por primera vez en demasiado tiempo -tanto que ya apenas lo recuerdo-, me hiciste sentir. Me idolatraste con cada uno de tus gestos. Me adoraste con tus manos, tus labios, tu lengua. Todo tu ser se entrego a la religión de satisfacer cada uno de mis deseos.

Sin conocernos de nada, actuamos como quienes ensayan con éxito esta escena una y otra vez. Y se sintió todo tan natural, tan bien. Desprendíamos la confianza y el desparpajo de unos amantes que se conocen desde largo tiempo antes. Dos seres que se han experimentado tras horas y horas entre las sábanas. Era desconcertante. Era delicioso.

Repetiste cientos de veces que esto no debía pasar. Intentabas disculparte de ser cómplice de esta anhelada locura, pero tus gestos delataban que por fin obtenías lo que habías buscado con demasiadas ganas durante demasiado tiempo.

La manera perfecta en que me hiciste estremecer, las palabras (intensas, pasionales) que susurrabas a mi oído, el modo en que te esforzaste para no dejar ni un solo resquicio de mi piel sin tocar, cómo me agarraste para no dejarme marchar… pero lo que realmente se clavó en mi fue cómo me miraste.

Tus pupilas se dilataron y se hicieron más profundas. Tus enormes ojos se volvieron mucho más intensos. Me perdí en la profundidad de esas esferas perfectas, que no paraban de devorar mi cuerpo una y otra vez, ansiosas.

A cada instante, levantabas la mirada para conectarla con la mía. Un gesto desesperado para implorar más y suplicarme que no parara, en un grito callado y desesperado, pero cómplice de mis propios deseos.

Y ojalá ese momento hubiese sido eterno. Odié esa esfera infernal que marca el paso de nuestras vidas, porque indicaba que ya no era una hora decente y me obligaba a  volver a casa. Maldije el instante en que la responsabilidad recobró la conciencia, que me decía a gritos que debía recoger mis cosas y volver a la realidad.

Pero… ¿cómo puede algo que está mal sentirse tan bien?

Si es contigo, no me cansaría de equivocarme. Podría cometer este error una y otra vez. Nuestros cuerpos están hechos para el desastre.

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