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La Navidad era la mejor época del año. Todo se llenaba de papa noeles, reyes magos, de luces de colores, de árboles, de caramelos, de papel de regalo, de días de vacaciones.

Una época en que la noche de Reyes era el momento cumbre de las fiestas. Noche en la que no pegabas ojo, esperando ansioso los primeros rayos de sol para salir disparado al salón. Eran días en los que te imaginabas una y otra vez en tu cabeza el número de paquetes que ibas a encontrar junto a tu zapato, que limpiaste y dejaste cuidadosamente la noche anterior junto al árbol de navidad.

De repente, llega un mes de diciembre en que las luces en las calles ya no brillan tanto. Te la trae al pairo los villancicos en los centros comerciales. No importa el árbol en casa. Pocas ganas de cenas y comidas familiares cuando cada palabra desencadena problemas. Ya no hay mariposas en el estómago la noche en que llegan sus Majestades desde Oriente.

Y es que la navidad deja de ser Navidad cuando ya no hay ilusión.

Llega un momento en la vida de toda persona en que se pierde la magia. En que deja de creer. Existe un puntos indefinido de no retorno en el que ya no hay leyendas ni fantasías. El cúmulo de experiencias y vivencias desencadena en que, un día cualquiera, entiendes que ya no crees en nada, que pierdes la fe, que se acabaron los cuentos de hadas.

No es sólo que el mayor de clase te suelta que “los reyes son los padres”. Es que batacazo a batacazo, descubres que los buenos de la historia no siempre ganan las batallas, que el mal muchas veces se alza victorioso, que la bruja de la historia tiene la vida resuelta. Día a día ves que nadie viene a rescatarte de tu vida con un zapato de cristal, que no hay príncipes azules, que no existen las almas gemelas y que el destino no moverá las fuerzas del universo para que consigas tu final feliz.

Así, cruzas una frontera en la que ya no hay vuelta atrás. Hay un punto de inflexión en que las pequeñas cosas dejan de ilusionarte. Y es entonces cuando, de forma inconsciente cuestionas todo lo que ves, lo que escuchas, lo que te dicen, lo que te cuentan.

Porque tu inocencia infantil te hizo creer que la vida era un cuento, hasta que te topaste con la cruda realidad.

*Escéptico, ca: “Que no cree o afecta no creer” (Real Academia Española)

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