Del año nuevo y lo que nadie cuenta

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Hace unas semanas decidí empezar el año con unos propósitos claros: intentar ser más ordenada, hacer la cama todos los días, practicar más yoga, meditar una vez en semana, discutir menos con mi madre,… En resumen, continuar esforzándome en mirar dentro de mí, en trabajar más mi lado “espiritual”, dejar de lado la parte más racional y escucharme más.

A pesar del mapa conceptual y la lista detallada de las intenciones para los meses que vienen, no he podido evitar sentirme rara.

Ya desde ayer, una inquietud me revolvía el estómago. Me intenté convencer de que era mi estómago enviando señales de socorro, después de casi 3 semanas de celebraciones y dulces navideños (ambos sabemos que no estamos ya para estos trotes). A ratos pensaba que eran los nervios típicos del momento previo a la cena y las uvas.

Después de las campanadas, el brindis y comentar el programa de la 2 con refritos musicales de todas las épocas, me resultó bastante difícil conciliar el sueño. Corrían Me por mi mente imágenes del año que terminó, todo lo que se perdió, lo que quedó en el tintero, lo que no llegó.

Varias respiraciones y diálogos internos más tarde, los pensamientos se diluyeron y llegó la mañana (o mejor dicho, e mediodía) del 1 de enero. Con la mandíbula como un ladrillo y pocas ganas de salir de la cama, el nudo en la garganta me dio los buenos días. El susodicho ha pasado el día conmigo.

Ahora sé identificar esa sensación tan rara con lo que realmente es: Miedo. Tan sencillo y tan primitivo como eso. Lo que tengo es miedo. Nada más (y nada menos).

El agravio comparativo me taladra la nuca al ver como el mundo evoluciona y yo he dado cientos de pasos hacía atrás. Todos a mi alrededor crecen, ascienden, tienen proyectos, compran casas, mascotas, tienen niños, viajan a países remotos, van a conciertos.

Me da pánico no tener un plan B en el cajón. Me asusta estancarme y seguir viviendo como una adolescente el resto de mis días. Ahora hay una certeza dentro de mi que me dice que estaré sola, y mi yo egoísta quiere a ese alguien con quien compartir mis días, que me cuide y se preocupe por mi en los tiempo difíciles.

También me había propuesto empezar el 2019 agradeciendo las cosas buenas que había pasando, y que han sido consecuencia directa de los más asqueroso del 2018. Al final parece que se cumple la profecía de que el vaso está medio lleno.

Pero he querido ser honesta conmigo misma y no tapar lo que realmente estaba sintiendo con enseñar que todo es maravilloso, como hago a menudo por no abrir la caja de Pandora y despertar a los demonios. En otro momento, la ansiedad habría crecido sin control y me hubiese nublado por completo.

Hoy no era día de agradecer y ser positiva, porque no era lo que sentía. Hoy he sido capaz de sentarme, ver desde fuera lo que me estaba pasando.  Saber que todo es sólo eso, miedo. Permitirme sentirlo (porque el miedo también es parte de la vida), observarlo y entender el papel que cumple. Aunque sea difícil, comprender que mis circunstancias no van a cambiar por mucho que hoy me enfade y me frustre. Ahora toca jugar las cartas que me han repartido, y a ver qué sacamos de ellas.

No ha sido un uno de enero memorable. Hoy ha sido un día agridulce y raro. Por un lado, con muchas ganas y curiosidad por lo que vendrá en los próximos meses. Por otro, con la abrumadora incertidumbre enganchada a la espalda. Lo mejor, darme cuenta que, sin querer, estoy cumpliendo mi lista de propósitos para el 2019.

Qué suerte empezar el año mirando el mar, con esta temperatura, estas vistas, rodeada de la familia. Mirando al horizonte.

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Refugio

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Aunque pase el tiempo, todo cambie o permanezca igual. Cuando algo se mueve dentro, para bien, para mal, para peor. Siempre, siempre empiezan a surgir las palabras. Inconexas, sueltas, extrañas. Poco a poco se forman ideas y conceptos, que empujan por salir y quieren verse materializados. Pero mi yo adulto está oxidado, y lo ha olvidado todo.

Como Peter en la película Hook, sé que en otras vidas fui como Peter Pan y podía volar, sin pensar en el miedo a las alturas.  Se ha perdido esa fuerza, esas ganas de arrancar y aguantar durante horas buscando sinónimos, sonoridad y belleza en las letras. Mi yo adulto se ha olvidado de todo: de esa clase de exorcismo que me invadía cada noche al pasar las doce, cuando entre canciones y libros empezaba el baile de las palabras. Parecen tan lejanos e irreales esos rituales que necesitaba para ponerme delante de la pantalla y saber qué tenía que salir, en qué orden, cómo y por qué. Qué lejos quedan las ganas; cuando todo cobraba sentido.

Ahora sólo conozco frases enlatadas, automáticas. La escritura en modo zombie del día a día de alguien que se dedica a responder correos electrónicos sin importarle lo que dicen.

Me siento una copia lejana, distante de lo que era. Diferente, pero igual. Con menos fuelle y menos fuerza, pero a ratos más yo misma que nunca. Me da miedo pensar que el escribir ya no es una parte importante de mi misma. Y sin embargo, en estos tiempos raros, aquí estoy de nuevo. En el sexto aniversario de este espacio tan mío y tan abierto, al mismo tiempo.

Supongo que vendrán textos sin sentido. Retazos sin un inicio, ni un final. En un intento un poco infantil y desesperado pero escapar de todo lo que me rodea y volver a esa sensación de saber de que va esta historia.

Te invoco

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Te me apareces como un fantasma. Inesperado y en mitad de la noche. Y cuando vuelves a encontrar un resquicio en mi cerebro y sales de nuevo, es prácticamente imposible empujarte otra vez al cajón de los recuerdos olvidados.

Y vuelven los días en que te pienso a todas horas. De nuevo, el tenerte grabado a fuego en el cerebro. La tristeza ha durado tanto tiempo que ya me conozco así. Me puedo ver desde fuera con la mirada perdida, el semblante serio y el pasado fluyendo. Cientos de escenas recorren mis ojos, una detrás de otra, sin posibilidad de frenarlas.

Se me revuelve el estómago al pensar en lo que éramos, en todo lo que fuimos y en todo lo que íbamos a ser. Se me enrojecen las mejillas de rabia al darme cuenta de que nunca va a pasar, de que el tiempo corre y que carece de todo sentido que siga reviviendo los mismos momentos una y otra vez, cuando está bien claro que no se darán las circunstancias para hacer como que todo esto nunca pasó.

Me oprime la garganta todo lo que quedó sin resolver, roto, inacabado. Y de golpe se viene también recuerdos de todo lo malo, el dolor, el tiempo de luto.

El luto que me convenzo en pensar que ya está más que superado, y en el fondo, se que miento, conteniendo el dolor y la pena venidos a menos, pero que aún están agazapados y macerándose para hacer erupción en cualquier momento.

Lo más triste de todo es saber que esto será asi para siempre. Que hay heridas que no se cicatrizan y que sólo se aguantan con un parche para poder seguir haciendo cómo que el tiempo todo lo cura. No sé si me da más pena pensar que nunca volveré a enamorarme así, o que te necesito dando vueltas en mi cabeza, porque revivir el tiempo que estuvimos juntos (a pesar de lo que duele) es la única forma de poder sentir por un segundo que de verdad, conectaba con alguien.

 

Para aprobar y para la vida (IX)

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“Lo que te pasa es que llevas puestas las gafas de soledad: sensación provocada por un estado prolongado de soledad, situación en la cual cualquier ser humano del sexo contrario que te preste atención será coronado como el ser supremo de todo para siempre”.  Hurra, 2016, Ben Brooks

 

 

Valiente

Hoy me han vuelto a decir que soy valiente.

Debería verlo como un cumplido: siempre me dijeron que ser valiente es lo que te hace seguir adelante, luchar, buscar tu camino, y en definitiva, ser feliz.

Y entonces, ¿Por qué no puedo dejar de llorar?

A veces siento que ese arranque a hacer las cosas, a tomar las riendas de mi vida, me crea más disgustos qué alegrías. ¿Ser valiente es así de difícil? ¿O es que estoy haciendo algo mal?

¿Cuál es la fina línea que define la valentía del autosabotaje?

La hora de la siesta

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Siempre fue reconfortante estar casi a escondidas entre las sábanas. Luchar por un hueco en esa cama, a su lado. Aunque no siempre había que pelearlo. Unas veces, un puesto en la cama de papá y mamá eran unas décimas de fiebre o cualquier dolencia más allá de un catarro. Otras oportunidades, se construyeron a base de insistencia y negociación (que más pronto que tarde) se convirtieron en costumbre y hábito durante las siestas de los fines de semana.

La certeza de que había alguien que lo iba a arreglar todo. No importaba cuánto miedo, cuánto dolor o cuánta fiebre estuviese sufriendo. Iban a estar ahi, siempre.

Notar esa presencia cálida junto a mi espalda que era capaz de ahuyentar todos los males y todas las dolencias. Las lágrimas dejaban de brotar como por arte de magia, los fantasmas decidían visitar otras casas y la fiebre ardía algo menos.

Escuchar esa otra respiración mucho más profunda, más pesada y lenta que la mía surtía un efecto narcótico; y Morfeo aparecía para llevarme de la mano por el mundo de los sueños sólo unos segundos después.

¿Cuándo sucede? ¿En qué momento desaparece esa sensación de seguridad?

En algún momento, sin fecha ni hora registrada, la paz y la serenidad ya no fueron tan fáciles de encontrar. Dejé de creer  que alguien pudiese combatir todos los males del mundo. Empecé a entender que nadie puede arreglarlo todo y que muchas veces, quien comparte cama contigo puede ser la persona que menos se preocupa por tu bien.

Hacerse mayor es muchas cosas, pero la peor de todas es la certeza de la incertidumbre.

El comprender que mil y una cuestiones dependen del azar y las casualidades, y que por mucho que nos empeñemos nadie nos puede salvar del dolor y el sufrimiento inherentes al propio acto de vivir.

Cómo echo de menos esa tranquilidad. La sencillez de las cosas, la simpleza de ese instante en el que uno de los dos me arropaba con la sábana hasta las orejas, dejando sólo la nariz por fuera para poder respirar. Me acariciaban el pelo, me daban las buenas noches y un beso en la frente como un rito mágico diario que me aseguraba que nada malo iba a volver a pasar.

 

Los días raros

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eternal-sunshine*Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004)

Esta memoria nuestra se empeña en crear recuerdos constantemente. No le importa que sean alegres, tristes o mediocres: se dedica a almacenar recortes de nuestras vidas sin ton ni son en algún rincón extraño de nuestro cerebro.

Eso sí, luego soy incapaz de recordar el nombre de ese libro que me gustó tanto o la contraseña del portátil.

Y en esta costumbre nuestra de poner fecha a las cosas, hitos en nuestra vida, separaciones, el antes y después de todo; hay fechas que se graban a fuego y que no hay forma de evitar, por mucho que lo intentemos.

Una mañana te despiertas para darte cuenta, casi de golpe, de cómo pasa el tiempo; y no llegas a comprender del todo si eso es algo bueno o malo. Y te quedas con ese cuerpo extraño, sin saber realmente cómo deberías sentirte ahora mismo y borbotones de recuerdos y momentos empiezan a brotar.

Ojalá fuera posible arrancar días del calendario.

*¡Feliz es el destino de las vírgenes vestales! Pues olvidan el mundo y el mundo las olvida a ellas. 

¡Brillo eterno de la mente inmaculada! Cada oración aceptada y cada deseo renunciado.

– Alexander Pope

 

Retazos de una ruptura (IV): lisiada emocional

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Y a pesar de todo, hay días (incluso semanas) en que consigo llevar la situación con dignidad. Espacios de tiempo donde me creo la falsa ilusión de que me he curado, de que la vida vuelve a su curso y está todo bajo control. Todo hay que decirlo, por esas personas indispensable que están siempre ahí; que me cuidan y hacen todo lo posible porque el día a día sea algo más que meras páginas en el calendario.

Hay risas, hay sonrisas, fotos, bailes, planes, paz mental. Buenos momentos, nuevos recuerdos.

Y de repente, click. Un algo. Tonterías. Cosas pequeñas, absurdas e incluso insignificantes y que hacen saltar las alarmas. Una frase, una foto inesperada, un fragmento en una serie, paisajes, bromas, olores, planes y cientos de cosas más. Sólo un segundo de conexiones neuronales entre el pasado y el presente. Hecho.  Me invade un descontrol absoluto y las lágrimas empiezan a salir a borbotones, sin remedio que las haga frenar.

Hay días en los que el mundo parece demasiado pesado, demasiado grande, demasiado todo para gestionarlo. ¿Va a ser siempre así? ¿Y si no hay más que capear los temporales cómo se pueda?

Vivo con miedo de mis propios recuerdos. Momentos que hace un tiempo me hicieron tan feliz y ahora sólo me causan dolor. Profundo, desgarrador. Tan fuerte que llega a ser físico. Me asusta lo que siento y vivo en constante paranoia pensando en cuándo llegará la siguiente sacudida.

A veces no es sólo el llorar, que me puede pillar desprevenida en las situaciones más inverosímiles. A veces es la apatía, la desgana, el hartazgo, la sensación de que nunca más volveré a ser tan feliz cómo fui aquellos meses. Una felicidad que alguien usó a su antojo y luego machacó de la manera más cruel y maquiavélica.

Ya no sé si le odio, si le quiero, si le echo de menos, si en algún momento algo fue real o fue todo inventado, si quiero verle o si quiero que arda en los infiernos. Me sigue pareciendo injusto que alguien me haya robado la vida que quería y que deseaba así, sin más. Sin motivo, sin razón y sin argumento. Me cabrea pensar que alguien se sienta con el derecho de ser un fantasma en mi vida y perseguirme eternamente.

Es más que probable que todo esto sea problema mío por no saber lidiar con la frustración, y asumir que no todo va cómo se planea. Me cuesta entender que cuando uno hace las cosas bien y se entregue a un proyecto de forma completa y absoluta, todo termine siendo un fracaso estrepitoso.

Ahora mismo siento que voy sin rumbo dando palos de ciego por el mundo, buscando no sé muy bien qué ni a quién. Con la certeza de que nunca volveré a sentir con tanta intensidad porque me arrancaron de cuajo esa posibilidad.

Dicen que cuando te extirpan un extremidad, puedes seguir sintiéndola tiempo después de haberla perdido. Quizá, esto sea lo mismo y yo sólo soy una lisiada emocional.

 

 

Lecciones de cumpleaños

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“Las arrugas y las canas son el modo de decirte la naturaleza que no te acuestes con cualquiera, el equivalente a las franjas amarillas y negras de una avispa, o a las marcas en el abdomen de una araña viuda negra. Las arrugas son tu arma contra los idiotas. Las arrugas son tu señal <<NO TE ACERQUES A ESTA MUJER SABIA E INTELIGENTE>>.”

Cómo ser una mujer, Caitlin Moran (2011)

Interludio

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Vivo una dimensión alternativa ambigua y nebulosa. Un paréntesis entre los recuerdos de hace unos meses, la vida que supuestamente iba a vivir,  la incertidumbre del futuro y las certezas que estarán por llegar.

Y qué raro se me hace todo… y qué rara me siento ahora mismo. Qué difícil es hacer memoria, poner un orden cronológico. Distinguir el antes, el después, lo que se ha cruzado por en medio, diferenciar lo que era realidad de lo que es mentira.

Estos días desconfío de todo. Aún desconozco si soy la misma de hace meses, si se está forjando algo nuevo, si será malo o será bueno. ¿Y si ya no quiero ser la persona que era antes, la que provocó todo esto? ¿Y qué pasa si no sé como ser una persona nueva? Se supone que debo ponerme a reconstruir todo? Espero que en algún lugar haya personalidades de oficio, y que se me asigne una con carácter de urgencia.

Qué estrambóticos (casi molestos) los recuerdos de hace tan sólo unos meses, que parecen haber ocurrido siglos atrás. Es extraño haber vivido tantas emociones, tantas sensaciones en este tiempo, que se me antoja tan largo y tan eterno a la vez. Ahora mismo estoy cansada. Mis músculos están desgastados de tanta expresión triste, tanta sonrisa forzada. Tengo el cerebro derretido de tanto intentar ponerle nombre, de buscar respuestas. Al final todo sigue siendo un carrusel de razonamiento, hipótesis, planes e ideas absurdas. De buscar un algo, aunque no tenga ni puñetera idea de qué.

Estoy harta de los altibajos; las idas y venidas. Exhausta de pensar, de agradar, de esforzarme, de buscar siempre algo mejor. ¿Para qué? ¿Para quién? Llego hasta aquí agotada después de intentar ser yo misma, si al final resulta que no sirve de nada.

Tras la tristeza infinita y la euforia que me pilló por sorpresa, ahora llega el miedo. El terror al todo y el susto a la nada. Silencioso y sibilino, el vacío se ha colado entre las rendijas de mi cuerpo para quedarse.  El abismo oscuro y profundo que no tiene un verdadero final visible. Y como lo veo, la vida es un deambular de días grises y extraños. Raros. Con unas pinceladas de color aquí y allí, a ratos, para darnos treguas entre tanto tedio, tanto sudor, tanta lágrima.

Ciertamente, es momento de cuidar de mí misma y de no necesitar a nadie más. Pero por mucho que quiera, por muy valiente que intente ser, por tanto que me esfuerzo en ser fuerte; echo de menos alguien que me abrace y me estruje entre sus brazos; me coloque el pelo detrás de la oreja y me diga al oído que “pase lo que pase, todo va a salir bien”.

 

*Interludio: Composición breve que se ejecuta a modo de intermedio entre dos piezas musicales  de mayor duración o entre dos actos de una ópera u otra representación teatral.